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Hubo un tiempo en que la galaxia aún creía en el orden.
Un tiempo en el que las guerras, por brutales que fueran, seguían siendo humanas en su esencia. Imperios caían, casas ascendían, religiones se enfrentaban y los hombres morían por causas que aún podían nombrar. Ese tiempo no fue pacífico, ni justo, ni luminoso, pero poseía una coherencia. Un equilibrio precario sostenido por instituciones, linajes y creencias que, aun deformadas, mantenían un cierto sentido del mundo.
Ese tiempo es el que recogen La Pureza y Khaos y Oscuridad.
Y ese tiempo es el que muere para siempre en la Conjunción Infernal.
Lo que sigue no es una simple sucesión de eventos, sino la descomposición progresiva de la realidad misma, donde todo lo conocido se fragmenta, se corrompe o se transforma en algo irreconocible. Entender ese proceso no es opcional: es imprescindible para comprender cualquier acontecimiento posterior, incluida la Guerra de los Mil Tronos.
Este es, por tanto, el contexto completo y canónico del universo previo a la Conjunción Infernal.
El mundo antes de la fractura: instituciones, poder y decadencia
En el periodo inmediatamente anterior a la Conjunción, la galaxia todavía conserva una estructura reconocible. No existe un único imperio dominante, sino una multiplicidad de poderes en tensión constante.
Por un lado, se mantiene la influencia de las casas nobles, herederas de antiguos dominios imperiales, con sus intrigas, alianzas y ambiciones. Entre ellas destacan linajes como los Sforza y los Médici, cuya unión marcará uno de los ejes genealógicos más relevantes del futuro.
Por otro lado, pervive la Cofradía de Inquisidores, una institución que en origen pretendía mantener el equilibrio y la Pureza frente a amenazas externas e internas. Sin embargo, en este periodo ya se encuentra en un estado de transformación profunda. La neutralidad que la definía comienza a resquebrajarse, y su papel evoluciona hacia una fuerza de intervención directa, cada vez más militarizada.
A todo ello se suma la presencia de los Kurgán, una civilización de guerra con raíces antiquísimas, cuya visión del orden se basa en la Pureza, el sacrificio y el destino. No son una facción más, sino una estructura de poder que opera con una lógica distinta: más antigua, más radical y, en última instancia, más peligrosa.
El resultado es una galaxia que aún respira, pero lo hace con dificultad. Las instituciones siguen en pie, pero están huecas, tensas y al borde del colapso.
La mutación del poder: de la política a la guerra existencial
Lo que en otros tiempos fue política, en esta etapa se convierte en guerra de supervivencia civilizatoria.
La Cofradía deja de ser un árbitro para convertirse en una herramienta de guerra. Las casas nobles abandonan progresivamente el juego de alianzas para abrazar la confrontación directa. Y los Kurgán, lejos de actuar como guardianes externos, comienzan a imponer su visión mediante la fuerza.
Este proceso culmina en la absorción o transformación de muchas estructuras previas. La propia Cofradía termina integrada en dinámicas como las Estrellas Repujadas del Kurgán, reflejando que ya no hay espacio para equilibrios intermedios.
El universo entra así en una fase donde la única lógica válida es la del dominio o la extinción.
El eje genealógico: linajes que atraviesan el tiempo
Paralelamente a la degradación institucional, se consolida un entramado genealógico que será determinante en eras posteriores.
La unión entre Dave Sforza y Sofía Médici no es un simple acontecimiento político o familiar. Representa la convergencia de dos linajes históricos, cuya descendencia —especialmente Muzio Sforza-Médici— encarna una herencia cargada de legitimidad, destino y conflicto.
Estos linajes no operan de forma aislada. Se entrelazan con otros hilos más profundos: la influencia de figuras como Wotan Daneron, los vestigios del antiguo Dux Muzio, y las conexiones que, con el tiempo, desembocarán en las grandes dinastías del Neoimperio y en la problemática del linaje Nimrod.
El mundo previo a la Conjunción no solo se descompone. También siembra las semillas de lo que vendrá después.
La corrupción del mesianismo: Kadosh y la caída de lo sagrado
Uno de los procesos más decisivos de esta etapa es la transformación del mesianismo.
Kadosh, conocido como el Mesías Rojo, deja de ser una figura de redención para convertirse en el núcleo de una mutación profunda. Su unión con Abaddón no es solo un fenómeno de poder, sino una fusión entre voluntad humana y entidad oscura que redefine por completo su papel.
A su alrededor surgen nuevas estructuras de poder y lealtad. Destacan las figuras de Cinnia y Narfater, las reinas dragón, cuya ascensión simboliza la ruptura de antiguos tabúes y la reorganización de las huestes Neffut bajo una nueva lógica.
El resultado es una Yihad que ya no responde a principios tradicionales, sino a una voluntad transformada, más cercana a lo absoluto que a lo humano.
El mesías deja de ser salvador. Se convierte en arquitecto de un nuevo orden construido sobre la ruptura de todos los anteriores.
Las Hermanas Oscuras y la guerra invisible
Mientras algunos conflictos se desarrollan de forma abierta, otros se libran en las sombras.
Las Hermanas Oscuras, bajo la influencia de Lys-Baalfegor, representan una forma de guerra distinta: psíquica, infiltrativa y profundamente simbólica. No buscan solo conquistar territorios, sino dominar redes, información y voluntades.
Su control de sistemas como la hiperhonda, su capacidad de espionaje y manipulación, y su estructura híbrida —que integra Igigi, Lulus y otras entidades— las convierten en una amenaza que no puede ser enfrentada mediante métodos tradicionales.
Este modelo anticipa formas de poder que reaparecerán en el futuro, donde la dominación no siempre será visible, pero sí total.
Los Arcanos y la infiltración silenciosa
En otro plano, los Arcanos, representados principalmente por figuras como Riela, desarrollan una estrategia aún más sutil.
A diferencia de las Hermanas Oscuras, no buscan imponerse mediante la guerra directa ni la infiltración tecnológica, sino a través de la posesión, el mimetismo y la reconstrucción encubierta de civilizaciones.
Su error en el pasado —la creación de sociedades exclusivamente arcanas— les enseñó que la supervivencia reside en la invisibilidad. Su nuevo dogma es claro: pocos, discretos y profundamente integrados en las estructuras humanas.
Esto convierte a los Arcanos en una amenaza latente, casi imposible de erradicar, que persiste incluso cuando otros poderes caen.
El plano superior: Exo, Khabal y la verdadera guerra
Por encima de todas estas dinámicas se encuentra el conflicto real que define el destino del Continuus Nexus.
La guerra entre los Exo y el Khabal no es una guerra convencional. Es un enfrentamiento entre entidades y civilizaciones que operan en un plano que trasciende la comprensión humana.
Los Exo aparecen como una civilización antiquísima, vinculada a estructuras como las tumbas estelares, el control del conocimiento y la custodia de anomalías. El Khabal, por su parte, representa su antagonista: una fuerza oscura, incognoscible y expansiva.
Las guerras humanas, por tanto, no son más que manifestaciones superficiales de un conflicto mucho más profundo.
El Continuus Nexus: la grieta en la realidad
El elemento que conecta todos estos planos es el Continuus Nexus.
No se trata simplemente de una tecnología o un fenómeno aislado, sino de una grieta en el tejido de la realidad, una estructura que permite la conexión entre distintas líneas espacio-temporales.
Su existencia explica la presencia de anomalías, artefactos imposibles, y la propia convergencia que dará lugar a la Conjunción Infernal.
El Nexus no es una herramienta. Es una puerta.
Y toda puerta, tarde o temprano, se abre.
Revar y la Yihad Infernal
En el extremo más oscuro del conflicto emerge la figura de Revar, el Rey Brujo.
Su papel en la línea del Eternum es fundamental. Bajo su liderazgo, los Devoradores de Almas llevan a cabo una Yihad Infernal que durante milenios arrasa civilizaciones enteras, consumiendo no solo cuerpos, sino almas y memorias.
Revar no es un enemigo local. Es una fuerza de devastación sistémica, un principio de destrucción que se extiende más allá de cualquier conflicto humano.
Su presencia anticipa el nivel de violencia y aniquilación que caracterizará la etapa final previa a la Conjunción.
El sacrificio de Reimius y la detonación del destino
Entre todas las figuras de este periodo, una destaca por su papel en el desenlace final: Reimius.
Como último representante de una civilización derrotada, lidera un intento desesperado por cambiar el curso de la guerra. Tras robar un artefacto vinculado al Rey Brujo —una manifestación de las Tablas del Destino—, decide detonar bombas cuánticas en el Nexo del Eternum.
Su objetivo es claro: provocar una implosión de realidades que arrastre a Revar y a sus huestes al vacío.
No busca sobrevivir. Busca venganza y sentido en la derrota.
Este acto no es marginal. Es uno de los detonantes que precipitan la Conjunción Infernal.
El último intento humano: Muzio y la reconstrucción imposible
En paralelo, figuras como Muzio Sforza-Médici representan el último intento de reconstrucción humana.
Herederos de linajes poderosos, cargados de expectativas y tragedias, intentan reorganizar el poder en un universo que ya se desmorona. Sin embargo, sus esfuerzos se ven constantemente superados por fuerzas que operan a una escala mayor.
Muzio no fracasa por debilidad, sino porque el mundo que intenta salvar ya no puede ser salvado.
La inevitabilidad de la Conjunción
Todo converge hacia un punto.
Las instituciones colapsan.
Los linajes se cruzan y se agotan.
Los mesías se corrompen.
Las sombras se extienden.
Las entidades antiguas se manifiestan.
Las grietas en la realidad se ensanchan.
La Conjunción Infernal no es un accidente. Es el resultado inevitable de todos estos procesos.
Un evento donde líneas espacio-temporales colisionan, donde el equilibrio se rompe definitivamente y donde la realidad, tal como se conocía, deja de existir.
Epílogo: el fin de un mundo, el nacimiento de otro
Cuando la Conjunción llega, no destruye simplemente la galaxia.
Destruye su coherencia.
Lo que emerge después —el Eternum, las nuevas guerras, los imperios futuros— ya no pertenece al mismo orden. Es un universo nacido del colapso, donde las reglas han cambiado y donde los ecos del pasado siguen vivos, deformados y peligrosos.
Por eso, comprender este periodo no es mirar atrás.
Es entender el origen de todo lo que vendrá después.
Porque en las ruinas de este mundo…
se forjó el destino del siguiente.
