Cronología de Crónicas de Aqueron

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La herida original del Continuus Nexus

Crónicas de Aqueron ocupa un lugar singular dentro del Continuus Nexus. No es solo la primera de sus series canónicas, sino también la más densa en implicaciones metafísicas, temporales y espirituales. Allí donde otras sagas desarrollarán imperios, guerras interestelares o conflictos teológicos ya desplegados, Aqueron se adentra en el origen mismo de esas tensiones: el momento en que la humanidad descubre que su historia no es lineal, que no le pertenece por completo, y que fuerzas anteriores a cualquier civilización han intervenido desde siempre en su destino.

Lejos de plantearse como una simple narración de aventuras o como una crónica bélica tradicional, Crónicas de Aqueron se construye como una novela río de gran complejidad, en la que múltiples líneas espacio-temporales discurren en paralelo hasta confluir, al final de la saga, en una apoteosis que no cierra el relato, sino que lo fractura y lo expande. En ese sentido, Aqueron no es un final, sino una herida abierta en el tejido del tiempo del Continuus Nexus.

Desde sus primeras páginas, la saga deja claro que su núcleo no es únicamente narrativo, sino ontológico. Aquí se establecen los conceptos fundamentales que sostendrán el multiverso: la naturaleza de los Arcontes, la función de los Igigi, la existencia de los no muertos como infantería profanada de la plaga, el uso primigenio de tecnologías exo —todavía denominadas “de los Constructores”— y, sobre todo, la posibilidad de romper y atravesar las líneas temporales mediante artefactos deliberadamente activados.

Londres bajo eclipse y el nacimiento de la Brecha

La historia se abre en un Londres victoriano deformado por la pesadilla. A finales del siglo XIX, la capital del Imperio Británico aparece sumida en un crepúsculo enfermizo, atrapada bajo un eclipse perpetuo que no responde a leyes astronómicas conocidas. El sol parece incapaz de imponerse, y sobre las aguas del Támesis flota una niebla verdosa, espesa y corrupta, que envuelve la ciudad como una exhalación de carne podrida y alquitrán.

Las Islas Británicas han quedado aisladas del continente, no por barreras políticas ni por mares infranqueables, sino por el miedo. En el norte, más allá de Escocia, se vislumbra un resplandor esmeralda suspendido en el horizonte: una herida abierta en el cielo que corroe la bóveda celeste como un cáncer luminoso. Esa herida recibe un nombre que marcará toda la saga: la Brecha.

En las calles de piedra y hollín, la peste avanza con pasos invisibles. Los hospitales arden tras disturbios desesperados, los enfermos se amontonan bajo mantas húmedas, las ratas corren como heraldos de la catástrofe y la llamada “sangre negra” comienza a aparecer como síntoma de una corrupción aún incomprensible para la ciencia de la época. Sin embargo, el verdadero horror no procede de la miseria humana, sino de aquello que se levanta cuando el entierro fracasa.

Los Regresados —también denominados lulus en el lore— irrumpen como una infantería de la plaga: cuerpos profanados, bocas ennegrecidas, carne en descomposición animada por voluntades ajenas. No son simples muertos vivientes. Están subyugados por los Igigi, arcontes encarnados mediante el Urushdaur, que los arrojan a la guerra como carne desechable en una contienda que trasciende cualquier conflicto humano.

El HSM Démeter y la Cuarta Sección

En medio de ese panorama emerge un símbolo de resistencia y de osadía científica: el HSM Démeter, un dirigible de guerra concebido para surcar cielos que ya no obedecen a las reglas conocidas. Su misión no nace de una llamada heroica, sino de un reclutamiento forzado por la necesidad y la desesperación.

Walter Stewart, matemático escocés sin fortuna ni renombre, es requerido en Londres por el capitán Connor Thomas y por un círculo de sabios en el que figuran nombres como Dalton, Darwin y Hooker. El objetivo es preciso: pilotar el Démeter hasta Thurso, en Escocia, y desde allí alcanzar el Círculo de Brodgar, en las Orcadas. Las mediciones indican que la Brecha no es un fenómeno espontáneo, ni una superstición ancestral, sino un artefacto suspendido sobre el Anillo, una tecnología de los Constructores deliberadamente activada.

La Cuarta Sección, destacamento británico que acompaña la expedición, sigue intacta en este primer volumen. Connor Thomas, William Macfair, Edgar McElroy y otros hombres aún forman una unidad cohesionada. El colapso vendrá después. En Aqueron, todo comienzo exige todavía una apariencia de orden.

El tránsito y el mundo amurallado

Cuando el Démeter cruza la Brecha en Brodgar, el sentido común se rompe. La expedición no solo abandona la Tierra, sino las categorías mentales del siglo XIX. A la llegada, los hombres se enfrentan a un mundo amurallado y milenario: una Gran Muralla ciclópea y una ciudad oriental de ladrillo vitrificado que no puede ser interpretada mediante mapas terrestres ni teologías conocidas.

Aqueron no está hecho para la mente decimonónica. Es un mundo antiguo, erosionado por guerras previas, donde las huellas de civilizaciones anteriores se superponen como estratos de una historia que no reconoce al recién llegado como centro. En ese contexto, Edgar McElroy comienza a inquietar incluso a sus compañeros: sus ojos amarillentos, a veces con iris vertical, anticipan una naturaleza que aún no ha sido revelada.

El propio índice del primer libro establece un orden diegético riguroso —“Sangre negra”, “El anillo de Brodgar”, “La Brecha”, “El náufrago”, “Perdidos”, “La huida”, “Govind Scully”, “El sepulcro”— y excluye de forma deliberada cualquier referencia al siglo XX. Todo queda anclado en Londres victoriano, el tránsito y el primer contacto con Aqueron.

La desbandada y el nacimiento de los Menoch

En Sombras de Aqueron, el segundo libro, la Cuarta Sección se descompone. La unidad se dispersa, muere o traiciona. El orden inicial se revela frágil. Govind Scully, antiguo cabo sikh, termina esclavizado como recolector de Lysiam en Al Semanet. Allí se consume lentamente, borrado por la rutina y por la culpa de los camaradas caídos, cuyos nombres se mencionan como una cuenta pendiente.

Cuando la villa es asaltada por Regresados, tres guerreros lo salvan empuñando báculos rituales. Son los Menoch: monjes-druidas al servicio de la Diosa. Con ellos, Govind atraviesa desiertos y sierras hasta el monasterio de Vladas-Damasco, donde sufre una iniciación extrema que no lo eleva en rango militar, sino que lo transforma espiritualmente. Govind deja de ser soldado. Se convierte en guardián.

Este libro abre también el lore oriental de la saga: Sippart, ciudad tumba; el antiguo gobernante Pazazu, hijo de Hanbi; el mausoleo erigido sobre el antiquísimo DIR-GA; y las tablillas ME, cuya importancia se anuncia sin revelarse todavía. No son aún las Tablas del Destino, sino una promesa cuyo precio permanece oculto.

Verdún y la entrada del siglo XX

Sombras de Aqueron introduce por primera vez una nueva línea temporal terrestre. En Verdún, 1916, Filip Leblanc aparece en un capítulo bélico que conecta la modernidad industrial con el conflicto cósmico. En su posesión se encuentra un medallón: el Sol Negro partido. Este objeto no actúa como simple reliquia, sino como anclaje simbólico y narrativo que permitirá su salto posterior a Aqueron.

Desde este momento, la saga deja claro que la Tierra no es un escenario secundario, sino un tablero más en la guerra de los Arcontes.

La guerra abierta y la cruzada

Guerreros de Aqueron, el tercer volumen, desplaza el foco hacia la guerra abierta. En el Gran Norte surge Sigurd Haraldsson, forjado por asedios y pérdidas. Junto a él, la Orden, Filip Leblanc y Jonah Fox tejen alianzas con caudillos como Midgar y Malcolm. La cruzada se dirige primero contra Morgay y después contra Rocamar.

La caída de Svalburd y la ferocidad de Cinnia McGregor se convierten en heridas que no cerrarán. Cinnia ya no es solo una figura trágica: es arma, destino y vector de destrucción. Durante la persecución del mapa del Arca, hiere a Sigurd y hurga en su mente, pero pierde el objeto, que termina en manos de Filip Leblanc. El control estratégico de la guerra cambia.

En paralelo, Londres reaparece. Andreas Lampert y Narfater actúan como piezas de los Igigi. Piccadilly queda ennegrecida bajo la luz inmutable de la puerta. El siglo XXI entra en juego cuando un ejército de lulus atraviesa un portal hacia Washington D. C. El mundo moderno asiste en directo al desembarco de lo imposible.

Las Tablas del Destino y la Gehena

En el cuarto libro, Las Tablas del Destino, todos los hilos convergen. Agarthia se consolida como base. Freya Fraser y sus sacerdotisas permiten la caída de Morgay mediante un auxilio decisivo y agotador. La ofensiva contra Rocamar se libra con tácticas híbridas: drakkares voladores y fuego griego, perfeccionado por Walter Stewart durante su cautiverio.

En Washington, 2014, ocurre Gehena. Un misil nuclear AMRAAM cruza un portal hacia la Sala de Portales de Rocamar. La detonación no es solo destructiva: sincroniza energías del Arca y de los portales, reescribiendo el mundo. Sippart queda sepultada. Continentes se encabalgan. El planeta cambia para siempre.

Cinnia, ya como avatar de Anu, mata a Sigurd Haraldsson. Es una muerte canónica, cargada de sentido. La cruzada pierde un pilar.

Crosaurius y la fractura del tiempo

El final de Crónicas de Aqueron no cierra la historia. La fractura temporal separa líneas enteras. Algunas familias cruzan hacia un futuro remoto. Otras permanecen en la Tierra del siglo XXI y alcanzarán el XXIII tras siglos de oscuridad y aislamiento galáctico.

En ese vacío surge Crosaurius. No como refugio, sino como semilla. Allí confluyen los herederos de ambas líneas temporales. Sobre la sangre de Jonah Fox y el sacrificio de Freya Fraser comienza a levantarse un nuevo orden galáctico.

Cinnia asciende como reina dragón inmortal. Los Arcontes no han sido derrotados. Solo desplazados.

El medallón del Sol Negro que portaba Filip Leblanc enlaza Aqueron con Leyendas del Sol Negro y con el Exodus, preparando la convergencia futura en La Pureza, la cuarta y épica saga del Continuus Nexus.

Así, Crónicas de Aqueron se revela como lo que siempre fue: la herida original de la que brota todo el multiverso.

Guía de Lectura del Continuus Nexus

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