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Empecé La Pureza esperando encontrar ruinas de un imperio caído.
Lo que encontré fue algo peor.
Un universo que no se recompuso
Cuando el Viejo Imperio cayó, no lo hizo entre llamas ni con un último estertor heroico. Simplemente dejó de sostener aquello que mantenía unido al conjunto. Tres siglos después, la galaxia ya no vive en duelo. Vive en costumbre.
Año 311 tras la caída del Viejo Imperio.
Ese dato aparece una y otra vez en los registros, pero no señala una reconstrucción en curso ni un proceso de renacimiento. Señala un reparto. La galaxia no se recompuso: se fragmentó en feudos, rutas saqueadas, enclaves aislados y santuarios que sobreviven por inercia. El orden no se perdió de golpe; se erosionó hasta convertirse en recuerdo.
Es en este contexto donde se sitúa La Pureza, cuarta gran serie del Continuus Nexus y, al mismo tiempo, obra de convergencia. No inaugura una era ni presenta un conflicto nuevo. Recoge lo que ya estaba en movimiento, lo tensa y lo encamina hacia una guerra que todavía no ha comenzado, pero que ya no puede evitarse.
El primer libro, Maestro inquisidor, no habla de batallas galácticas ni de grandes ejércitos. Habla de algo más peligroso: decisiones tomadas cuando aún parece posible elegir.
La función de La Pureza en el Continuus Nexus
Dentro de la arquitectura global del Continuus Nexus, La Pureza cumple una función precisa y no intercambiable. No es una saga autónoma ni una secuela directa de una sola línea previa. Es un nodo de unión.
En ella confluyen tramas, linajes y preguntas abiertas procedentes de:
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Crónicas de Aqueron
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Mesías Rojo
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Leyendas del Sol Negro
Estas historias no se repiten ni se reexplican. Se arrastran. Llegan a La Pureza con su peso, sus errores y sus consecuencias aún pendientes. El lector que entra aquí sin conocerlas puede comprender el presente; quien las conoce percibe algo más inquietante: que ninguna quedó realmente atrás.
La Pureza no resuelve. Reordena el tablero. Y al hacerlo, prepara el terreno para su continuación directa: Khaos y Oscuridad, donde ese tablero será finalmente incendiado durante la guerra de facciones que culminará en la llegada de Dave de Orión y el inicio de la Conjunción Infernal.
La Cofradía de Inquisidores: una autoridad agotada
Uno de los pilares narrativos de Maestro inquisidor es la Cofradía de Inquisidores. Pero no se trata de una orden en ascenso ni de una institución todopoderosa. Al contrario: la Cofradía aparece ya en decadencia.
En el Año 311, los inquisidores siguen existiendo, pero su función ha cambiado. Ya no imponen un orden universal. Llegan tarde. Llegan con menos recursos. Y, sobre todo, llegan a mundos que han aprendido a vivir sin ellos.
La Cofradía no gobierna: recuerda. Mantiene rituales, jerarquías y protocolos que nacieron en un universo que ya no existe. Su autoridad depende más de la memoria que del miedo. Cada intervención es un parche. Cada juicio, una negociación tácita con poderes locales que no reconocen ninguna soberanía superior.
Es en este contexto donde emerge la figura de Silas.
Silas, Maestro inquisidor
Silas no es presentado como un elegido ni como un reformador. Es un producto acabado de la Cofradía. Maestro inquisidor plenamente reconocido, ejerce su autoridad con una mezcla de convicción, cansancio y lucidez peligrosa.
Físicamente, Silas encarna la renuncia. Calvo rapado, alto, de complexión desmesurada incluso para los estándares humanos, su cuerpo está reforzado por una armadura inquisitorial negra, acorazada, pesada, concebida no para inspirar gloria, sino temor funcional. Cuando porta yelmo, dos ojos rojos brillan desde la oscuridad como advertencia mecánica. Cuando lo retira, queda a la vista un rostro marcado, duro, ascético, más cercano a un monje guerrero que a un comandante.
Silas no disfruta de su poder. Lo ejecuta.
Su primera gran intervención en el libro lo lleva a un mundo hostil, un planeta de hielo de metano envuelto en nubes densas y oscuridad perpetua. Allí se alza el Faro: una torre negra suspendida sobre una plataforma flotante, sin explicación clara sobre su funcionamiento ni su origen último. No es un lugar de fe ni de refugio. Es una anomalía. Un recordatorio de que hay estructuras que siguen en pie aunque nadie recuerde por qué.
Silas llega allí no como héroe, sino como último recurso. Donde nadie más puede ir. Donde nadie quiere mirar.
El pecado silencioso: Silas y Lys
El corazón trágico de Maestro inquisidor no está en el Faro, sino en Gehena.
Gehena es un mundo violento y bello a partes iguales. Acantilados azotados por tormentas perpetuas, mares embravecidos, y sobre un promontorio imposible, la torre del Santuario Genético: una estructura monumental, espléndida, levantada para custodiar linajes, modificaciones y secretos biológicos que sostienen equilibrios a escala galáctica.
Allí gobierna Lys.
Lys es Suma Sacerdotisa Genética. Pelirroja, de cabello rizado y suelto, ojos verdes, su presencia combina delicadeza y fuerza con una naturalidad inquietante. Viste sedas ligeras, holgadas, sugerentes sin caer en lo vulgar. No necesita armadura ni armas. Su autoridad es ritual, científica y simbólica. Dentro del sistema que habita, Lys es casi una diosa.
Desde la infancia, Silas y Lys comparten algo que nunca debió existir: deseo. Ambos están sujetos a votos de celibato. Ambos saben que cruzar esa línea no sería un gesto íntimo, sino un acto político. Y aun así, el vínculo persiste, contenido, nunca consumado, pero siempre presente.
Ese amor reprimido se convierte en el verdadero pecado de Silas.
La excavación de ruinas xeno: el punto de no retorno
Bajo el Santuario de Gehena, Lys dirige en secreto una excavación prohibida. No se trata de arqueología inofensiva ni de un experimento menor. Es tecnología xeno, antigua, ajena, enterrada desde tiempos que nadie recuerda con precisión.
Lys sabe que no debería hacerlo. La Cofradía lo prohibiría. El equilibrio genético que protege podría romperse. Pero el universo ha cambiado. Los Santuarios de la Periferia ya no están a salvo. La Hermandad no puede protegerlos. Las rutas se militarizan. Los feudos avanzan.
La excavación no nace de la ambición, sino del miedo lúcido. Lys intenta anticiparse a una guerra que aún no ha estallado.
Silas descubre el secreto. Comprende las implicaciones. Sabe exactamente cuál es su deber: denunciarla, detenerla, destruir aquello que no debe ser usado.
Y no lo hace.
Ese es su pecado. No el deseo. No la duda. La omisión consciente por amor.
Ese silencio marcará a ambos durante toda la serie La Pureza y se proyectará, como una sombra larga, sobre Khaos y Oscuridad.
El matrimonio político y la huida
La situación en Gehena se vuelve insostenible. Para garantizar la supervivencia del Santuario y su influencia, Lys acepta un matrimonio político con Mehmed Médici. No es una unión romántica ni un pacto ingenuo. Es un movimiento estratégico.
Mehmed es moreno, atractivo pero un psicópata capaz de quemar viva a su anterior mujer y de perseguir para matar a su hija. Su aspecto es de barba puntiaguda cuidadosamente mantenida. Viste casaca militar de corte novecentista, autoritaria, elegante, peligrosa. No es un fanático ni un bruto. Es el rostro amable de un orden que se impone sin pedir permiso.
A su lado siempre está Néstor, su general y clon. Oscuro, hierático, con casaca y gorra de plato, Néstor no cuestiona. Ejecuta. Representa la violencia organizada que acompaña al nuevo poder.
Silas presencia el inicio de ese proceso y comprende que su mundo ya no tiene lugar para él. Incapaz de soportar la consumación de esa traición íntima y política, elige marcharse antes de que ocurra. No denuncia. No actúa. Se retira.
Esa huida no es cobardía. Es una forma distinta de condena.
Las casas y el poder secular
Mientras la Cofradía se desgasta y los santuarios se repliegan, las casas nobles avanzan.
La Casa Médici, con Mehmed y su hija Sofía, encarna la expansión calculada. Sofía, heredera involuntaria, huye de un destino que no ha elegido, convirtiéndose en pieza estratégica por el simple hecho de existir.
En paralelo, la Casa Sforza gobierna un mundo de islas futuristas: plataformas, archipiélagos artificiales, ciudades suspendidas sobre mares oscuros. Dave Sforza, delgado, rubio, atractivo, de mirada triste, gobierna con una casaca futurista que simboliza un poder que no desea ejercer, pero que no puede abandonar.
A su lado opera Ferran, senescal y conspirador. No busca el caos, sino control. Sabe que el orden que viene no admitirá ingenuidad.
Sinuhé, el mercader que sobrevive
Entre inquisidores, sacerdotisas y nobles, Sinuhé ocupa un lugar distinto. Viejo, algo obeso, calvo, con perilla blanca puntiaguda, pendiente, anillos y colgantes, sus piernas mecánicas no son ocultadas. Son parte de su historia.
Sinuhé es dueño de una estación espacial infestada de robots servidores. No necesita soldados humanos. Controla información, rutas, equilibrios. Parece presa, pero sobrevive porque entiende cuándo ceder y cuándo tensar.
Es amigo de Silas, pero no por lealtad. Por reconocimiento mutuo.
Antes de la guerra
Maestro inquisidor termina sin explosiones finales ni revelaciones redentoras. Termina con algo más inquietante: la certeza de que todas las piezas están ya colocadas.
La Cofradía llega tarde.
Los santuarios se arman en secreto.
Las casas se preparan.
Los mercaderes calculan.
Y quienes aman, callan.
La Pureza no narra la guerra. Narra cómo se vuelve inevitable.
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